No me sobra el tiempo y no tengo la distancia a mi favor. Por eso recorro esas calles con estas palabras. Regreso a esas cosas que ya no están, que solo permanecerán sobre este espacio en blanco. El tiempo también es presa de la ceniza y el polvo.
Un joven abre un álbum de fotos que tomó prestado de su primera casa. Entre los rostros de su infancia y los trofeos olvidados, se le revelan recuerdos y ausencias en clave de salsa y aun en carne viva. Desde esa mirada —una mezcla de ternura y extrañamiento—, Francisco Félix nos ofrece una serie de viñetas y meditaciones donde la memoria, la escasez y la escritura se trenzan en una de las prosas más honestas de la literatura puertorriqueña contemporánea.
A través de escenas domésticas, del rumor del mar y la compañía de la fauna callejera, el autor ensaya una ética de la observación: escribir para no ceder ante el abandono. Más que un diario de trabajo o un cuaderno de anotaciones, Tito Rojas ha muerto es un ejercicio de lo que el autor llama “contumacia”: la obstinación de construirle casas al recuerdo a través de la palabra, de registrar la muerte y la precariedad de un país que se desmorona.